jueves, 23 de septiembre de 2010

José González (como yo le miro)

Hace tres días me enamoré, pero no es nada raro, porque ya sabía que iba a pasar. Cuando te enamoras dicen que sientes mariposas en el estómago, y tal vez fue algo más fuerte que amor, porque hace tres días las mariposas salieron de mi estómago y revolotearon a su aire por todas partes, y el cosquilleo de sus alas dejaba al final un escalofrío dulce. Dulce como su voz al cantar, que empieza firme en cada frase, pero se va perdiendo en el infinito, cada vez más bajito...

Jose Gonzalez es tímido, y habla muy poco, por eso yo creo que entre canción y canción aprovecha para afinar su guitarra, porque es la excusa perfecta para no tener que decir nada.

Es tímido y para expresarse necesita seis cuerdas amarradas a un ocho de madera, por eso agarra su guitarra tan fuerte, desgarrándola en cada acorde, exprimiendo el sonido con una energía que inunda toda la sala y hace bailar a mis mariposas.

Hoy me enamoré de esa energía que se oculta tras sus ojos, unos ojos rendidos a la gravedad, a menudo gachos. Me enamoré de un pie que marca el ritmo, del zapato que le da voz y de unos dedos que se mueven a la velocidad de la luz percusionando sobre la madera.

Fue bonito ir con Ana, las dos sentadas en el suelo como en un patio de colegio. Fue bonito ver el concierto a través de sus ojos, y así descubrir detalles que sin ella jamás hubiera sido capaz de ver, como los juegos de luz: iluminado por detrás cuando sólo hay guitarra, y mostrando su rostro, su cara bonita, cuando entra la voz.

Cada uno mira de un color y una forma diferente, y la misma cosa, el mismo momento, puede tener tantos detales y matices.... Poder ver a través de los ojos de otros es siempre interesante y enriquecedor, porque no hay una ninguna mirada que sea ni mejor ni peor, simplemente es otra.



lunes, 6 de septiembre de 2010

Marinela tiene 23 años

Marinela tiene 23 años y es rumana. Ella tiene 3 hijos, dos niños y una niña, que hablan en rumano sin parar y da igual no entenderles ni una palabra porque da gusto escucharles, mientras de vez en cuando se tocan el bolsillo para asegurarse de que esa "chuche roja" que les regalaste aún sigue ahi.

Marinela mira a los ojos, y sonríe mucho, y cuando te besa se acerca y te toca la cintura. Tiene un cutis perfecto y mira con ojos de niña, sus tres embarazos y las 12horas diarias de trabajo en el campo o limpiando (lo que salga está bien) no han podido con su luz.

Marinela toma el fresco con las señoras de mi calle, sentadas en sillas de plástico, y mirando albumes de fotos antiguas, mientras rien y hablan de todo un poco. Ella ya es una más del barrio, desde que la señora Lola le alquiló una casa por 130 euros al mes. Siempre me gustaron las señoras de mi barrio, y esos momentos de fresco, porque mi barrio es un barrio de señoras, de mujeres, que se empoderaron cuando tal vez ni siquiera existia esa palabra: Lola, Maria, Paca, Con, Juliana... todas luchadoras, todas sufridoras, de voz fuerte, sin pelos en la lengua, con tanta energia que a sus 60-70-80 todavia tienen mucho que decir, que enseñar, que mostrar. Marinela ha tenido mucha suerte de haber caido junto a ellas.

Marinela cuenta que no va a la piscina porque en la religión de su marido Basilio no está bien destaparse en público. En la religión de su marido tampoco se puede escuchar música, ni bailar (debe de ser la peor religión del mundo), y como no recuerdo el nombre de esta bendita religión, a mi me gusta llamarla la "religión del capullo". Ni cantar, ni bailar, ni piscina, esas son las reglas, pero en la religión del capullo si que se puede ir al bar toda la tarde y pasarte las horas jugando a las tragaperras. En esta religión nunca se folla con condón, jamás, porque vendrán tantos hijos como su Dios quiera, pero luego, por supuesto, que los cuide ella, porque según dice Marinela a Basilio no le gustan mucho los niños, ni si quiera los suyos.

Marinela es lista y encantadora, y por eso, de la mano de la señora Lola, ya se ha hecho un hueco en el barrio. Marinela aprende rápido y escucha atenta, por eso ya se toma la pildora a escondidas de su Basilio, alto y delgado, y muy agradable, que pena que sea tan religioso...

Para mi antes Marinela ni si quiera tenía nombre, y sólo era esa rumana que blanqueó las cámaras de mi casa mientras yo viajaba por Hungria y Serbia; a mi vuelta, esa rumana se convirtió en una historia de sobremesa. Hoy, justo antes de salir hacia Madrid, tuve la suerte de toparme con la historia y todos sus personajes, y fue un placer formar parte de ella durante unos instantes, como una secundaria.

Me encanta cuando las historias me encuentran, sin salir a buscarlas, y poder vivir de cerca, aunque sea de refilón, momentos que creo que ni el mísmisimo Almodovar dejaría escapar.