A "chain of coincidences" nos llevó este verano a terminar las vacaciones en Pusztaszer, un pueblo al sur de Hungria cerca de Szeged, de la que dicen que es la ciudad del sol. Y si Szeged es la ciudad del sol, Pusztaszer podría serlo de los colores, intensos, como el verde de las hojas de maiz, el rojo del paprika o el brillo de tantas miradas en las que da gusto perderse unos segundos. Pusztaszter es color, y huele a sopa de pescado cocinándose a fuego lento sobre un caldero a la antigua usanza.
Una cadena de coincidencias hizo que una furgoneta amarilla repleta de risas y canciones irrumpiera en el parque natural de Pusztaszter para romper su silencio, ese silencio que por fin entendí y supe amar subida en una canoa, meses después. El 11 de agosto el silencio del río miraba de reojo a siete españolas que subían y bajaban escaleras, se fotografiaban en "modo bello", reían y bromeaban sobre torsos, y buscaban historias entre un caos de lenguas que se hizo momento mientras Mae anotaba una receta de cocina en su cuaderno. De padre a hijo, de Gabor a Soma, de hungaro a español, de Soma a Mae, de Mae a su cuaderno y de ahi directo a mi corazón.
Para ir a Pusztaster no nos hizo falta ninguna guia, porque allí aprendimos más de las personas que de los libros, como le gusta a Mae. Padre, hijos, hermanos, hermanas, madres, amigos de antes, amigas de ahora, feministas, profesores, un alcalde, uno de los mejores fotógrafos de Hungria, generaciones... y en medio de todo eso esa bocanada de aire fresco que nos llevó hasta alli, hilando todo, envolviéndonos con esa mirada en la que podría perderme durante horas, en esa mirada que a veces no encuentro, con esa risa de niño que no lo es tanto, esa risa que estalla en mil pedazos y arranca la mia simplemente con el roce de uno de ellos mientras planea por el aire.
Tal vez una de las cosas que hace más especial un viaje sea lo que tiene de efímero, las horas que corren, la carretera que no tiene vuelta atrás... Efímero como las libélulas de Szeged (szitakötő, creo) que tienen su propio momunento junto al río. Estas libélulas sólo viven un día, un día para amar, para reproducirse, y después mueren, tal vez porque la Naturaleza sea sabia y después de tanto amor ya no haga falta nada más.
Lo efimero es intenso, y te inunda por un segundo, como ese grito que viene después de atrapar una estrella fugaz la noche San Lorenzo. Yo me quedé sin mi estrella, pero no importa, porque también hay estrellas que pisan el suelo, igual de fugaces, igual de efímeras, que también cumplen tus sueños, y al marcharse dejan su estela flotando de tus recuerdos, enamorada para siempre de ese cruce de coincidencias que la vida me regaló.
De banda sonora la canción que nos regaló Soma, "Seven Spanish Angels"
Punto y aparte.
Hace 9 años
Me encanta tu entrada, con el título y todo...y encontrase la canción que os dediqué!! Las virutas vuelan como las libélulas del Tisza:)
ResponderEliminarThere were seven spanish angels at the altar of the sun...
ResponderEliminarlo releo y lo releo y me emociona una y otra vez. Una suerte haber vivido esto a bordo de una furgo amarilla. Y gracias a ti, claro.
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